¿Sabías que…? plaza del potro

Estrenamos nueva sección, porque qué mejor forma de conocer una ciudad de contando historias, leyendas o curiosidades de los lugares con mejor encanto.

Hoy empezamos con la plaza que nos ubica, La Plaza del Potro. Sigue leyendo te encantará.

Su Historia

La Plaza del Potro es uno de los lugares más representativos de la ciudad de Córdoba, situada en las cercanías de la Ribera del Guadalquivir dentro de la Axerquía, o zona Este de la ciudad tras cruzar las antiguas murallas de la Medina.

Tanto la plaza como al barrio que la circunda se convirtió en uno de los grandes ejes neurálgicos y comerciales de la baja edad media, con una gran actividad económica que contribuía a que muchas personas visitaran el lugar y en especial esta plaza en la que según algunas fuentes se comerciaba con caballos y bestias. Se trataba, por lo tanto, de un lugar muy visitado por feriantes, visitantes y comerciantes, lo que justificaría la existencia de la famosa Posada del Potro, actual Centro de Flamenco Fosforito, que sirvió para alojar a quienes necesitaban hacer noche en la ciudad y como prostíbulo.

En el centro de la plaza hay una fuente en cuya parte superior se sitúa un potro que data del siglo XVI,  reinando entonces Felipe II. El objetivo de su creación era el de mejorar el abastecimiento de agua a esta parte de la ciudad, utilizando para ello el agua proveniente del Manantial Maimón que discurría a través de un acueducto de época romana situado a unos 10 km. También se encuentra en este espacio el antiguo Hospital de la Caridad de Ntro, Señor Jesucristo, actual Museo de Bellas Artes y Museo Julio Romero de Torres.

Su leyenda

Cuentan que un posadero, en tiempos del rey Pedro I, alojaba a los huéspedes importantes en una habitación de la posada alejada del resto de las estancias, con el pretexto de evitarles molestias y que, pasando por Córdoba un capitán que se dirigía a Sevilla, se alojó en dicha posada. Cuando este capitán se retiraba para dormir, guiado por el posadero, una misteriosa dama, a quien apenas pudo ver, le aconsejó que no durmiera.

El militar permaneció despierto, meditando acerca del aviso de la bella joven que parecía hija del mesonero, aunque sus finos modales lo desmentían. La noche era fea, el viento y el agua azotaban las ventanas hasta que lograron abrirlas; había truenos y relámpagos y la única luz que había se apagó. Le parecía ver mil fantasmas y oyó como si abrieran una puertecilla. Entonces se retiró a un rincón y sacó su espada. No oía nada, pero sus ojos se dirigían a todos los rincones por si a la luz de los relámpagos lograba divisar algo. Por fin, bajo el lecho vio la figura del mesonero que asomaba por una trampa del suelo, observándolo y esperando para ver si estaba dormido.

Furioso, se arrojó por una ventana al corralillo. Allí, casualmente, estaba la muchacha que le había advertido; lo empujó fuera del mesón y le dijo que fuera a Sevilla y le contara al rey lo que allí pasaba. A los cinco días fue recibido por Pedro I en el Alcázar y este le prometió averiguar lo que ocurría, jurándole que, si descubría algún delito, el mesonero sería ejemplo para los de su clase. Cuando el rey llegó al mesón, mandó recorrerlo todo ante el espanto del mesonero. Hallaron la trampa bajo el lecho en el que alojaba a los viajeros ricos y encontraron a la joven que pedía venganza. Desenterraron multitud de cadáveres y encontraron numerosas alhajas y ropas robadas a los desgraciados huéspedes. De uno de ellos era hija la joven que se interesó por el capitán.

El rey, actuando con gran furia, agarró al mesonero del cuello y lo hizo salir a mitad de la plaza. Ordenó a unos verdugos que le ataran las manos a la reja de la posada y amarraran dos potros a los pies del hombre. Después azotaron a los caballos para que galoparan y lo despedazaran. Un grito de horror surgió de la gente, pero el rey amenazó con hacer lo mismo al que pronunciase una palabra.

Momentos después, los brazos del hombre colgaban de las rejas y los caballos arrastraban el cuerpo por las calles cercanas. Don Pedro entregó al capitán como esposa a la bella joven, con todas las riquezas que allí se encontraban, y prometió al Corregidor que, si tenía que volver allí para administrar justicia, le haría a él lo mismo que mandó hacer con el mesoner

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